martes, 31 de marzo de 2009

Fragmentos escogidos de los Diarios de Sylvia Plath



23 de febrero, domingo por la noche.
 Este debe de ser el vigésimo sexto 23 de febrero que he vivido: más de un cuarto de siglo de febreros y ¿querría o podría cortar una rebanada de recuerdos que los atravesara todos, para trazar la escalera de caracol de mi ascención hasta el estado adulto..., o se trata más bien de un descenso? Tengo la impresión de haber vivido lo bastante para pasarme el resto en meditaciones, revisando los encuentros y desencuentros con gente loca y cuerda, estúpida y brillante, hermosa y grotesca, infantil y antigua, fría y caliente, pragmática y dominada por los sueños, muerta y viva. Mi casa de días y máscaras es lo bastante rica para que pueda y deba pasarme años pescando, sacando a la superficie los monstruos de ojos perlados, córneos, escamosos y llenos de algas que llevan mucho, muchísimo tiempo hundidos en el mar de los Sargazos de mi imaginación. Siento cómo me agarro a mi pasado como si fuese mi vida: haré de él mi ocupación futura; cualquier talla en madera de un simio, sin especial trascendencia, cualquier trozo de cristal naranja y morado de la ventana del descansillo de la escalera en casa de mi abuela, cualquier azulejo exagonal blanco de cuarto de baño encontrado por Warren y por mí cuando cavábamos, dispuestos a llegar hasta China, se convierte en algo radiante, con magnetismo, que absorve significado y brilla con impensada importancia; hay que desentrañar la adivinanza: ¿por qué cualquier cordón de zapato de una muñeca es una revelación? ¿Y cualquier sueño con una caja de deseos una anunciación? Porque son las reliquias enterradas de mis identidades perdidas, con las que he de construir, por medio de palabras, los edificios futuros. (...) He comprendido místicamente que si leo a Woolf, si leo a Lawrence (¿por qué esos dos? su visión, tan diferente, es tan parecida a la mía) puede llegarme la comezón que me encienda hasta producir una gran obra: llena de brotes, encinta con la sustancia y la textura de la vida: ésa es mi vocación, mi obra. Eso da a mi ser un nombre, un significado: "hacer del momento algo permanente".  

2 comentarios:

Danilo Gatti dijo...

perpetuar un momento, pero no perpetuarnos en un momento

Nina de Papuza dijo...

no tiene agarre alguno el momento... sostenerlo es pura fantasía, por qué no de todos modos.


"Sol ultimo y lejano. Maravilla poniente"De Juan l. Ortiz, "Antologia poética":

Mientras que en el renacimiento, existía la necesidad de crear utopías, los de nuestra época debemos crear fábulas

Francis Alys.

…Por lo mismo, me gusta ser perfectamente clara cuando hablo. Me gusta ser una casa de vidrio. Mi obra no tiene máscaras y por eso, como artista, lo único que puedo compartir con los demás, es esta transparencia.
Louise Bourgeois


Julieta Ortiz hasta el 31/1 en Le Bar

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yo soy de barro y loca.

soy barroca.

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Las manifestaciones del cuerpo son una epifanía móvil de lo sagrado.
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Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez.
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